martes, 10 de septiembre de 2013

El movimiento romántico y sus repercusiones en España



            El Romanticismo nace como fruto de una época de inestabilidad política y económica. La burguesía que a lo largo del siglo XVIII ha escalado los peldaños que llevan al poder, libra su última batalla contra el antiguo régimen. El arte equilibrado que predicaba el clasicismo no era el más adecuado para la expresión de los conflictos de una etapa histórica que había presenciado el triunfo de la primera revolución moderna. En las postrimerías del siglo de las luces se vuelve la mirada hacia modelos que en su desequilibrio y en su deformidad proporcionan una imagen más exacta del agitado tiempo de lucha para conseguir el nuevo estado liberal y burgués.
            El movimiento romántico es la réplica y la culminación de los ideales ilustrados. Rousseau había lanzado sus teorías filosóficas que exaltaban lo natural y libre frente a lo artificial y reglado.
            También en la etapa anterior se habían preparado otros rasgos importantes del Romanticismo, como la exaltación de la Edad Media. Durante el siglo XVIII los eruditos habían recuperado y editado códices y manuscritos medievales hasta entonces prácticamente desconocidos. También son fruto de la Ilustración los viajes realizados para catalogar los tesoros artísticos e históricos del país.

Aparición y difusión del Romanticismo

            El movimiento se originó en Alemania. El Sturm und Drang renovó la percepción artística de su tiempo. Se exaltó la belleza del teatro inglés isabelino y de la comedia española; Shakespeare y Calderón se convirtieron en héroes de las nuevas generaciones. Goethe destacaba con admiración el arte gótico de la catedral de Estrasburgo. Muy importante es el sentimiento de libertad creadora, al igual que el rechazo a las normas morales establecidas.
            En Inglaterra también se produjo un movimiento artístico medievalizante y renovador de la expresión artística. Destacaron por otra parte los poemas que James Mcpherson atribuyó a Ossián, un pretendido poeta céltico. Las nuevas doctrinas, de la mano de Madame Stäel, saltaron a Francia, Italia, España, y al resto de países europeos.

Variantes y unidad del Romanticismo

            Podemos distinguir dos tipos esenciales de Romanticismo: liberal y conservador. La vuelta al pasado histórico característica de este movimiento adquiere sentidos distintos según se enfoque desde una u otra perspectiva. Para unos es la nostalgia de la edad heroica en que dominaban los principios cristianos y caballerescos. Para los otros, la Edad Media es el amplio escenario irreal en que los protagonistas libraban la batalla por un destino libre y feliz. No es infrecuente que en una misma obra o autor se presenten aspectos contradictorios y que exprese al mismo tiempo el anhelo de un orden perdido y la angustia ante una realidad represora. Un ejemplo significativo en don Juan, para unos exaltación de la rebeldía frente al orden divino y humano y para otros una parábola de la justicia divina, un pecador arrepentido que obtiene el perdón en el último momento.
            Se ha establecido una división paralela a la anterior entre el Romanticismo histórico, el Romanticismo de las ruinas, y el Romanticismo contemporáneo o de combate. El primero es una evasión hacia el pasado, una huida de los conflictos del presente. El segundo se encara con la sociedad de su tiempo, exalta comportamientos antisociales e inicia una poesía comprometida políticamente.
            Algunos críticos establecen una división diferente: según su hondura y aporte a la renovación de los medios expresivos, existen dos romanticismos. Uno es brillante y caduco porque remite a la superficie de una crisis sin entenderla ni superarla (en Lamartine, Rivas o Zorrilla), el grupo más tradicional que se enmascara tras ademanes declamatorios y escenografía histórica. Otro, subterráneo, menos apreciado en su tiempo, es del que surge la gran literatura de vanguardia posterior (Hölderlin, Coleridge, Poe), con una visión más personal de la realidad. Entre uno y otro se sitúan los románticos en sentido estricto (Byron, Keats, Shelley, Goethe, Victor Hugo), con la expresión de un yo que vive intensamente la crisis con que se abrió el siglo XIX.
            En el Romanticismo estamos ante sentimientos y actitudes que resulta difícil reducir. Entre los principios esenciales se cuentan términos antitéticos como la exaltación del pasado y el impulso progresivo hacia el futuro, el cosmopolitismo y el nacionalismo exacerbado, la angustia existencial que arrastra al suicidio y al entusiasmo revolucionario, el satanismo y la religiosidad, el liberalismo y el absolutismo, lo sentimental y la burla sarcástica del sentimiento,…
            También los aspectos formales merecen tratamientos antitéticos. El tono de los poemas románticos oscila entre lo patético-declamatorio y lo íntimo apenas susurrado; la prosa va desde la descripción morosa de algunas novelas hasta el tono sarcástico de los artículos de costumbres.

El sentimiento del pasado: nacionalismo y exotismo

            El fervor por el pasado es un punto esencial del programa romántico. La Edad Media atrae a los creadores de todos los países. En ella encuentran sus raíces.
            El pasado tiene un ingrediente de evasión y huida de la realidad. El orientalismo responde a esa necesidad. El lujo, sensualidad, colorido, las actitudes caballerescas están en las antípodas de la vida burguesa que se abre paso. Los escenarios orientales son el marco en que se desenvuelven los conflictos y anhelos de los autores: el ansia de libertad, el amor imposible, las guerras civiles,…
            Un último tema ligado al sentimiento del pasado es la presencia de las ruinas, motivo que ya era habitual en el siglo XVIII. La melancolía, producto de la conflictiva realidad social y de las frustraciones personales, se recrea en el ambiente lúgubre de los monumentos en ruinas. A menudo surge el tópico del Ubi sunt?, más desgarrado y patético que en otros tiempos.

La angustia existencial

            La angustia llegó a ser una divisa de la época. El mal del siglo, que arrastró a muchos jóvenes al suicidio, es la desazón ante los conflictos de la existencia.
            Esta vivencia no es ajena al entorno político. El mito del amor imposible quizá sea metáfora de la actitud de los liberales bajo la amenaza absolutista. El equilibrio se quiebra por casualidades trágicas o por presiones sociales que siguen las normas del antiguo régimen, como en Don Álvaro o en Don Juan.
            La melancólica contemplación de las ruinas es la expresión más serena de esta angustia. Un sentido similar tiene la búsqueda de la muerte como recuperación de la paz perdida. En otras ocasiones el poeta querría disolverse en la naturaleza. No es ajeno a este sentimiento el culto a la noche de la época.
            La calma de los cementerios se transforma en la exageración voluntaria de lo lúgubre y lo macabro.
            La placidez nocturna se puebla de horrores, voces misteriosas, brujas en aquelarre, espectros,… La estética del terror fue uno de los descubrimientos del Romanticismo, de la que el mejor ejemplo es Edgar Allan Poe (1809-1849). Las visiones macabras quizá plasmen el fracaso de las aspiraciones humanas.
            Por otra parte, el temperamento romántico es esencialmente religioso. El movimiento tiene un primer punto de inspiración en el cristianismo medieval.
            El idealismo frustrado y en tensión de la época buscaba el apoyo de un misticismo que suavizara la angustia.
            El gusto por lo esotérico y paranormal de estos autores encontró un filón en las tradiciones milagreras. Los espíritus más convencionales, como Zorrilla, cimentaron su fama sobre las narraciones de leyendas piadosas.
            El reverso y complemento de esta actitud lo constituye el satanismo. Es una religiosidad de signo negativo en la que el hombre se enfrenta al creador, se rebela contra el orden por Él establecido y exalta el propio yo en un acto de orgullo y desafío. El satanismo ve al hombre como un ser injustamente condenado, traído a un mundo de horrores. La respuesta es la blasfemia y el sarcasmo. Al concebir la creación como imperfecta y desquiciada, se genera un arte que refleja y expresa. El ideal de belleza es sustituido por el de la expresividad. El artista distorsiona sus materiales para ajustarse con mayor fidelidad al universo caótico que quiere plasmar. En Goya, por ejemplo, encontramos una protesta por el dolor y la angustia que acompañan al hombre.
            Por otra parte, el titanismo romántico expresa el ideal de progreso, del esfuerzo del hombre por dominar el mundo prescindiendo de los poderes ultranaturales. Es el planteamiento ante los viejos dioses del Prometeo de Goethe de que no tenemos nada que compartir con ellos, que no hay nada tan miserable como su poder despótico.
            El Prometeo liberado de Shelley convierte al protagonista en símbolo de la humanidad torturada por los dioses (personificación del mal) y liberada por su propia fuerza (representada por Hércules) y por el primigenio poder de la tierra (Demogorgón).
            El concepto de superhombre de Nietzsche es la pervivencia y la formulación teórica del mito romántico de Prometeo, de su voluntad de dominar el mundo con la fuerza de la razón y de regirse por una moral interior, libre de imposiciones externas.
            Las consecuencias estéticas del titanismo son la hipervaloración de la imaginación y la subjetividad, la ruptura con las recetas,…

El determinismo social en el arte romántico

            La rebeldía presenta dimensiones sociales. El héroe romántico suele ser un desclasado que se mantiene al margen de las leyes y normas imperantes y que, finalmente, es aplastado por la máquina social opresiva, convertida en trágica representación del destino.
            Como los planteamientos de la época son idealistas, el determinismo social se combinará con un destino individual que, a través de azares, provoca la perdición del protagonista, y así en Don Álvaro o la fuerza del sino una pistola se dispara por casualidad, en Los amantes de Teruel se produce un desafortunado retraso. Los personajes se consideran perseguidos por un hado funesto y maldicen de su origen y existencia.
            La palabra maldición fue un motivo recurrente.
            No solo los seres nobles y justicieros, marginados por la incomprensión colectiva, son objeto de veneración. Hay toda una corriente patibularia dentro del Romanticismo que exalta los comportamientos antisociales y denigra, como moralmente corruptos, los papeles rectores de la sociedad. Los personajes predilectos pueden dividirse en dos clases, los rebeldes (criminales, corsarios, bandoleros, piratas, aventureros,…) y los desvalidos (mendigos, huérfanos, muchachas inocentes, peregrinos, cautivos, suicidas,…).
            Una parte del Romanticismo tenía intenciones revolucionarias y voluntad de compromiso social. El texto que se puede poner de ejemplo en este caso es Literatura de Larra, publicado en El español el 18 de enero de 1836. Sus ideas, ligadas al liberalismo progresista, se recogen en el último párrafo: “no queremos esa literatura reducida a las galas del decir (…), sino una literatura apostólica y de propaganda”.
            La época romántica es quizá el momento histórico en que los literatos  están más vinculados al devenir político. Los románticos liberales lucharon por establecer el sistema constitucional. Una vez triunfaron, se escindieron en dos grupos. Unos entendieron que se había consumado la evolución deseada y otros persistieron en la actitud revolucionaria. Los primeros evolucionaron hacia el conservadurismo y los segundos apostaron por la república.

La ruptura de los moldes

            Hay unanimidad en romper con los moldes y pies forzados del Neoclasicismo, en nombre de la naturaleza multiforme y variopinta, de forma que se mezcla lo grave y lo cómico. Todo ello se hace en nombre de la libertad, signo determinante de los nuevos tiempos.
            La ruptura del decoro es un axioma romántico que se expresa de forma precisa en el Prefacio de la obra de Victor Hugo, Cromwell: “de la íntima unión entre lo grotesco y lo sublime surge el genio moderno, complejo, vario, alejado de la simplicidad de lo antiguo”.
            El contraste entre lo monstruoso y lo sentimental cobra tonos melodramáticos en personajes de Hugo o Espronceda.
            El movimiento romántico rompe los esquemas monolíticos del clasicismo. La estructura del poema salta en pedazos. Se abandonan las unidades aristotélicas: tiempo y lugar varían a lo largo de la pieza, la unidad de acción aparece a veces comprometida por intrigas y episodios secundarios.
            Los satíricos se cebaron en la parodia de semejante técnica. Los géneros pierden sus límites tradicionales.
            Otro rasgo importante es la mezcla de verso y prosa, y la polimetría. Se trata de un medio para conseguir una nueva expresividad.
            En los dramas, que han abandonado la separación de géneros, la prosa se emplea en las escenas de ambiente y en los diálogos cotidianos, el verso se reserva para momentos más intensos y líricos, para los monólogos que explican las pasiones de los personajes. La oposición entre el lenguaje rítmico y la secuencia libre es un signo más dentro del entramado dramático para llamar la atención del espectador y subrayar el sentido de la escena.
            Los poetas crearon nuevas combinaciones estróficas. El logro más llamativo fueron las escalas métricas, la serie libre de versos que aumentan o disminuyen su medida. Con este artificio se refleja onomatopéyicamente un proceso (por ejemplo, la galopada de Al-Hamar en una leyenda de Zorrilla o la muerte del protagonista en El estudiante de Salamanca). Estos medios expresivos tienen como finalidad conseguir una comunicación más viva con el receptor y darle una imagen más exacta de la realidad.

Cronología de la época romántica
     
       En el romanticismo pueden distinguirse tres etapas:
-          Prerromanticismo, a fines del siglo XVIII.
-          Romanticismo, entre 1800 y 1850
-          Pervivencia del Romanticismo, desde 1850 hasta la implantación de la estética realista.
Las raíces del movimiento hay que buscarlas en Alemania e Inglaterra, en el último tercio del siglo XVIII. El resto de países europeos llegará a la nueva estética tras las guerras napoleónicas que propiciaron el desarrollo del nacionalismo liberal.
En Francia constituyen hitos fundamentales los escritos teóricos de Madame Stäel, De la Literatura (1800), que inaugura una visión social del arte literario, y De Alemania (1810), cuya edición parisina fue prohibida y destruida por el gobierno de Napoleón. Pero la verdadera generación romántica aparece en torno a 1820, con Victor Hugo o Stendhal.
            En Alemania, tras el grupo Sturm und Drang y las obras críticas y de creación de principios del siglo (Schlegel, Grimm,…) surgen en torno a 1820-30 autores como Heine o Wagner.
En Inglaterra, entre 1800 y 1820, se producen obras de Walter Scott, Byron o Shelley, y entre 1820 y 1840 se enmarca el desarrollo del Romanticismo italiano (con Manzoni), norteamericano (con Poe, Irving…) y portugués.
El límite final del movimiento se coloca en 1850.

El Romanticismo español
           
               La opinión de los críticos está dividida. Para unos se trata de un movimiento paralelo al del resto de Europa y con antecedentes similares. Para otros, el romanticismo español apenas existió. Y hay quien opina que nuestro Romanticismo es un movimiento tardío que triunfó cuando en el resto de Europa estaba ya en decadencia.
            En cualquier caso, parece que la explosión romántica solo se dio tras la muerte de Fernando VII (1833), cuando los liberales llegan al poder. El impulso liberador y exaltado del romanticismo quedó pronto cortado. Sus representantes más destacados mueren (Larra y Espronceda) o evolucionan hacia posiciones conservadoras (Rivas, Zorrilla). La efervescencia del momento dura aproximadamente una década, entre el estreno de La conjuración de Venecia (1834) y el de Don Juan Tenorio (1844).
            A ese fervor romántico le siguió una pervivencia de esquemas formales, aunque se integraron algunos aspectos como la libertad creadora, el medievalismo, la fantasía, o el acercamiento al entorno a través del costumbrismo.
            Desde 1850 se observa la aparición de concepciones próximas al Realismo, tendencias que triunfaron definitivamente a partir de 1875.

La literatura española en la época romántica

            En la literatura de la primera parte del siglo XIX podemos distinguir dos grupos:
-          La generación del Duque de Rivas (1798-1865) y Martínez de la Rosa (1787-1862), que podría denominarse generación de transición y que forman autores nacidos en el siglo XVIII, que tuvieron una formación neoclásica y cuya obra se reparte entre formas clasicistas y románticas. El caso de Fernán Caballero es peculiar, ya que por su fecha de nacimiento (1796) pertenece a este grupo, pero la edición de su obra es tardía.
-          La generación plenamente romántica o de Larra (1809-1837) y Espronceda (1808-1842) nace a principios del siglo XIX y se desarrolla durante la década progresista (1834-1844).
            En lo que respecta a la evolución de los géneros literarios en esta época podemos señalar en primer lugar el auge del periodismo. Larra convierte el artículo periodístico en creación estética. Destaca el costumbrismo en su doble faceta de crítica social y de reflejo nostálgico de tipos populares en trance de desaparecer.
            La novela resurge. Es la época en la que se originan los grandes relatos decimonónicos. Las primeras muestras fueron traducciones del francés y del inglés. Más tarde se desarrolló una producción autóctona. Los géneros dominantes fueron la novela moral, sentimental, de terror, anticlerical, histórica, social, de sucesos contemporáneos y costumbrista. Los tres tipos que lograron mayor difusión fueron la histórica, la social y la costumbrista.
            En el teatro se produjo un enfrentamiento entre la estética neoclásica y la romántica. El influjo clasicista persistió en especial a través de la comedia moratiniana, pero el drama histórico adoptó pronto las nuevas fórmulas, con el abandono de las unidades.
            La época romántica se caracteriza en su dimensión escénica por el apogeo de la ópera, especialmente la italiana.
            La lírica y la épica se funden y ramifican en distintos subgéneros. Proliferan las canciones, eminentemente líricas, las leyendas de ambiente histórico tocado por el ala de lo misterioso, milagroso o terrorífico y el poema filosófico, que pretende dar una visión patética y sarcástica del conjunto de la realidad.
            Paralelamente nace una corriente intimista que irá conformando el estilo de la lírica becqueriana. También se creará una poesía retórica y altisonante, de ideología reaccionaria que dará origen a un sector de la lírica realista.
            La lengua literaria amplía las posibilidades expresivas acogiendo todo género de voces y locuciones.
            El Romanticismo abandona el culto de la belleza por el de la expresividad. Cuanto pueda sacudir la sensibilidad del lector es idóneo para la creación artística.
            Lo cómico y lo trágico se funden. Se mezclan las voces altas y nobles con las vulgares e indecorosas.
            En el lenguaje periodístico, que se acerca al habla cotidiana, encontramos vulgarismos en los artículos de Larra. Los barbarismos son frecuentes. Los anglicismos y galicismos se encuentran en poemas filosóficos de la época. Los arcaísmos están a tono con la moda medievalizante.
            El escritor romántico se permite toda clase de libertades, como construcciones analógicas y contracciones (“alredor”).
            Se introducen en la lengua literaria modernos tecnicismos de la ciencia y la filosofía. Los tópicos literarios tienen su réplica en los clichés lingüísticos. La noche, la luna, las ruinas, las pasiones desbocadas generan una expresión verbal tópica y reiterada. También encontramos el gusto por los esdrújulos, unidos casi siempre a un ambiente de terror y misterio.
            Encontramos un vocabulario de valor sentimental que expresa desequilibrio e insatisfacción. A los elementos tópicos se suma el tono enfático representado gráficamente con puntos suspensivos, admiraciones e interrogaciones. Hay una prosa corrosiva y directa, lo que preludia la renovación literaria del Realismo.

Valoración de nuestro romanticismo

            Algunos críticos juzgan la etapa romántica como una época de esplendor, y en esa valoración pesa el desdén por el siglo XVIII, considerado afrancesado y frío.
            Los protagonistas se consideraban herederos y continuadores de un glorioso pasado cultural.

            A pesar de algunos excesos y carencias, el Romanticismo español es un paso importante en la evolución literaria. Trae temas inéditos y formas nuevas que fructifican en el Realismo y la generación de fin de siglo que hunde sus raíces en las posibilidades abiertas por el romanticismo. Incluso el surrealismo tiene vinculaciones con la libertad creadora que trajeron los románticos.


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